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jueves, 12 de mayo de 2016

Ceballos: Colonia americana

Ceballos: "El jardín de Cuba"
Publicidad de una compañía propietaria de tierras en Ceballos (1911)

En febrero de 1899, a escasos días de cesar el dominio español sobre la siempre fiel Isla de Cuba, un batallón de soldados norteamericanos bajo el mando del mayor John Cornisa comenzó a ocupar el sector de la trocha de Júcaro a Morón que hoy se conoce como Ceballos. 

Uno de sus oficiales, George H. Guillet, comprendió inmediatamente las posibilidades que se abrían para la agricultura en un territorio que había permanecido casi virgen desde la conquista. Adquirió los terrenos comprendidos entre los fortines 35 y 44 y aliado con un grupo de inversionistas, en los que figuraban españoles y norteamericanos, creó la compañía The Development Company of Cuba que se dedicó a fomentar la creación de una colonia norteamericana en Ceballos.

El terreno adquirido era bueno para la agricultura y con abundante pero se encontraba en una zona apartada e inhóspita, aunque se abrían posibilidades futuras de comunicación a través del ferrocarril de la trocha que en ese entonces estuviese bajo el control de ejército de Estados Unidos. Sin embargo, una propaganda intensa, hábil e inteligente en Estados Unidos por parte de la compañía convenció a un buen número de colonos a adquirir tierras en el lugar. Dentro de estos pioneros no imperaba sólo el deseo de enriquecerse rápidamente sino también cierto impulso romántico de probar suerte en la tierra que con tanta valentía el ejército de su país había "liberado".

Los colonos estadounidenses colocaron la primera piedra del pueblo de Ceballos en 1902 mientras en los alrededores florecían las granjas que experimentaban con el cultivo del algodón, la caña y el tabaco; pero lo que en realidad impulsó la economía del lugar fue el cultivo de los cítricos pues llegaron a plantarse más de 200 000 árboles de naranja y toronja por los norteamericanos. Los granjeros se dedicaban a otros cultivos que hoy no suelen ser muy comunes en Cuba como el melocotón, la almendra, la aceituna, el higo, el dátil y la uva que, fundamentalmente, eran destinados a la exportación.

Tan bien se desenvolvió el negocio que alrededor del mismo se desarrolló un fiero proceso de especulación: El acre de tierra (poco menos de media hectárea) que las compañías fundadoras había comprado a precio de perro muerto, unos 6.00 dólares, fue vendido por estas a los granjeros hasta a 65.

En la misma medida en que creció el negocio agrícola creció también el pueblo. Ceballos causaba admiración en el entorno del empobrecido campo cubano, contaba con fábrica de hielo, planta de luz eléctrica (que fue la primera que existió en la provincia de Camagüey), alcantarillado, banco, empacadora de cítricos, una fábrica de vinagre, campos de golf y hasta un hotel campestre de primera categoría, el Plaza, que se construyó a un costo de 150 000 dólares, una fortuna para la época.

Sin embargo, el sueño duraría menos de veinte años. En 1917 Estados Unidos entraría a la Primera Guerra Mundial y pondrían en cuarentena a las frutas cubanas, principal producto de exportación de la colonia de Ceballos. A esto se unirían las tropelías cometidas por los alzados contra el presidente Mario García Menocal en la llamada Chambelona, que destruirían propiedades a diestra y siniestra por toda la zona.

Pero lo que daría el tiro de gracia a la colonia de Ceballos sería, irónicamente, otro proceso especulativo: Tras el fin de la Primera Guerra Mundial el azúcar alcanzó precios fabulosos y se disparó el valor de la tierra. Muchos colonos vieron ventaja en arrasar los campos de cítricos que había costado muchos años fomentar para sembrar caña de azúcar, mientras que otros, sencillamente, vendieron sus tierras a los colonos  y centrales y regresaron a su país. 

Al finalizar las vacas gordas los que habían decidido quedarse a fomentar colonias de caña se encontraban cubiertos de deudas que no podían pagar y perdieron sus propiedades. De esa forma triste, Ceballos, que había sido próspera colonia se convirtió en un pueblo más, perdido en la inmensidad del Camagüey.





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