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lunes, 21 de marzo de 2016

Museos de Cuba - Museo Nacional: El "Museo Errante"

Estado actual del Palacio de Bellas Artes
Este artículo tomado del Libro de Cuba. Publicaciones Unidas. SA. 1953 narra todo el proceso fundacional del Museo Nacional antes de su traslado definitivo al Palacio de Bellas Artes, donde todavía se encuentra.

Si Llaverías es el hombre símbolo de nuestro Archivo Nacional, Ro­dríguez Morey, el gran paisajista, lo es de nuestro Museo. La historia del Museo Nacional tiene alternativas dolorosas y es prueba del espíritu tenaz de una minoría que, a la postre, realiza esa labor que da perennidad a un pueblo.

Creado por Decreto el 23 de mayo de 1913, es una de las obras que pueden señalarse en la etapa verdaderamente fecunda en que fue Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes el doctor Mario García Kohly, el insigne tribuno y diplomático cuya memoria no merece el olvido en que hoy se envuelve, que había fundado en 1910 las Academias Nacionales de la Historia y de Artes y Letras.

Antonio Rodríguez Morey
Emilio Heredia, nieto del gran poeta cubano, es el primer animador de la empresa, en la que alentaban a un tiempo, el sentimiento patriótico y el sentimiento artístico. Designado su primer Director el 1ro de marzo de 1913, el Museo se instala provisionalmente en el antiguo Frontón de la pelota vasca. Ya no tenía precisamente una finalidad deportiva. Era en los tiempos postreros del gobierno de José Miguel Gómez. ¿Por qué no continuó su sucesor la obra del Museo? El cubano austero y cultísimo que sustituyó a García Kohly como Secretario de Instrucción Pública era un devoto de las más altas manifestaciones artísticas, un patriota fervoroso y un hombre público sin mancha, pero, quizá dominado por el espíritu crítico no pareció prestar a la empresa del Museo su más decidido concurso.

Reclamado el local en que estaba instalado el Museo por el Ayuntamiento de La Habana, se vio obligado a proceder a su traslado a la Quinta de Toca, en el Paseo de Carlos III. Transcurren entonces dos años largos, y el Museo, al que Emilio Heredia, un distin­guido arquitecto y un hombre de acrisolada devoción artística, se había esforzado por mejorar, permanece cerrado, malográndose casi al nacer una obra que había suscitado la pública simpatía y el interés popular. Quizá no fuera un buen procedimiento la dualidad que hubo desde un principio en la institución: era un Museo de Historia y un Museo de Bellas Artes. El ejemplo reciente de México, que separó de su mara­villoso Museo Arqueológico, una de las glorias de la cultura americana, las reliquias históricas para llevarlas al Palacio de Chapultepec, donde con otras colecciones hoy forman un muy interesante Museo Histórico, podía servir de precedente para que en el Palacio de Bellas Artes, que parece que será una próxima realidad, haya la debida separación entre los recuerdos históricos y las obras que propiamente representan las Artes Plásticas. (Será así, en efecto. Me lo ha dicho de manera cate­górica Don Antonio Rodríguez Morey, artista insigne, heroico director del Museo).
El Museo en la Quinta de Toca duró poco. Se abre otra vez al público a fines de 1917, se clausura al siguiente año. Vuelve a abrirse en 1919, en la conmemoración del 17 aniversario de la fundación de la República. Un gran médico y un gran patriota, el doctor Francisco Domínguez Roldán, patrocina ahora la empresa. Consigue créditos im­portantes y entonces realiza el Museo adquisiciones valiosas: buenas copias de los Museos de Europa, especialmente del Prado de Madrid, y algunos originales de maestros contemporáneos de vasto renombre.
Quinta Toca en Carlos III (sede del Museo entre 1917 y 1923)

Antonio Rodríguez Morey, que ya era un paisajista consagrado, es designado Director. El ilustre artista ha hecho en un artículo que pu­blicó sobre el Museo - “Treinta y tres años de Via Crucis para nuestro Museo Nacional - justicia cumplida al doctor Domínguez Roldán lo mismo que a su antecesor en la dirección de aquella casa. De Emilio Heredia nos cuenta que el gobierno le dio su destitución como premio a su entusiasta labor, su nunca desmentido desinterés y su infatigable y tenaz voluntad, puestas siempre al servicio de la Cultura y la Nación. “Tuvo Domínguez Roldá - nos dice Rodríguez Morey - verdadera de­voción por esta institución y hasta el último momento de su etapa como Secretario se ocupó de sus necesidades... El acariciaba el proyecto de adquirir la Quinta Toca (que después fue comprada por los Hermanos de La Salle) para instalar definitivamente el Museo destinando el edi­ficio sólo para los objetos de índole histórica y proyectando construir uno nuevo para dedicarlo a las Bellas Artes”.

Mas, Rodríguez Roldán salió del gabinete. La Quinta Toca fue adqui­rida por los Hermanos de La Salle, y el Museo otra vez se encontró errante... Es un momento muy doloroso que comenta el propio Ro­dríguez Morey en estos términos:

“Fue ésa la época más crítica de esta Institución, la más dolorosa en el pasado. Sobre esto hay mucho que contar y censurar, para hacer patente la falta de patriotismo y la indiferencia de muchos cubanos responsables ante los más urgentes problemas de esta Institución, que aunque no fuera más que por lo que contiene, por las reliquias que guarda, debe merecer todo el respeto del más alto funcionario público y el más humilde de los ciudadanos. De las angustias y dolores sufridos por mí para defenderla y evitar su destrucción, pues se llegó a pensar trasladar las pertenencias del Museo para uno de los antiguos barra­cones de La Cabaña, no es éste el momento de hablar. Algún día he de hacerlo, cuando escriba las memorias del Museo, y entonces he de decir todo lo que ha tenido que pasar esta Institución en sus 33 años de exis­tencia”. (Esto se escribía en 1946).

Construcción del Palacio de Bellas Artes
El 6 de octubre de 1924 se abría el Museo nuevamente. Estaba en la que es hoy su residencia actual, una casona de la calle Aguiar, en el centro de La Habana comercial, con el agobio de su ruido. Y a poco surgió en el Director y en los amigos del Museo una esperanza: la de su traslado al antiguo Convento de Santa Clara, en donde un año antes se había celebrado una de las exposiciones de arte retrospectivo más interesantes que se hayan efectuado entre nosotros: la de La Habana antigua. El patio del viejo monasterio era un fragmento muy bello y muy sugestivo de La Habana del siglo XVII. Todo el mundo pensaba que el lógico destino del viejo monasterio era el de un Museo; ya aquellos claustros, con sus calles pequeñas, con sus viejas edificaciones, eran pro­piamente “museables”. Se comenzó a preparar la mudanza. La casona de Aguiar quedó cerrada al público. Los recuerdos históricos, los cuadros y las esculturas estaban ya dispuestos para el traslado. Mas un departamento del Gobierno se anticipó, y el antiguo Monasterio de Santa Clara fue sede de una Secretaría del Gobierno—la de Obras Pú­blicas, que sigue allí todavía—en vez de serlo, como demandaba un elemental buen sentido, un mínimum de preocupación artística, del erra­bundo y triste Museo Nacional. Mas ya parece que termina el via crucis de la institución. Hace tiempo que le presta su concurso un Patronato, que preside el doctor Santovenia—Presidente nato, por su obra ejemplar, por su espíritu constructivo y generoso de ese Patronato que debiera surgir de la reunión de otros tres: el Patronato Nacional de Bibliotecas, Archivos y Museos—y en el que le secunda un grupo de cubanos llenos de preocupación artística. Quiero dedicar un recuerdo al erudito aus­tríaco doctor Newmann, residente en Cuba desde hace algún tiempo, que comenzó hace años una propaganda tenaz, en conferencias públicas, en artículos periodísticos, en pro de la dignificación de nuestro Museo. Su obra no fué en vano, justo es reconocerlo.

En el anterior gobierno, el del doctor Grau San Martín, comenzaron las obras del Museo, en el Centro de La Habana, frente al Palacio de la Presidencia. El antiguo Mercado del Polvorín fue el lugar escogido. En el primitivo proyecto de Govantes - Cabarrocas (dos nombres unidos en obras arquitectónicas de gran belleza, de alto decoro artístico) se con­servaban las bellas arcadas del antiguo Mercado. No sé qué dificultades insuperables de orden material se encontraron por la actual rectoría de Obras Públicas, departamento del Gobierno a quien corresponde esta labor, que el anterior proyecto se desechó, y en el actual hubieron de desaparecer las arcadas que daban a la construcción una indudable ma­jestad. Confieso que las vi desaparecer con duelo íntimo y de veras sentí la elegía en prosa que dedicó al suceso el gran escritor Jorge Mañach.

Mas, el Patronato de la institución hubo de aprobar por razones pragmáticas lo que acordó Obras Públicas. Y los amigos del Museo, que admiramos y agradecemos tanto la labor del Patronato y el heroísmo y la paciencia del insigne pintor Rodríguez Morey, nos dimos cuenta de que si el Museo va a ser una realidad inmediata, bien venga el nuevo y adecuado edificio aunque la columnata sea sólo un recuerdo.

Digamos ahora breves palabras sobre las dos secciones en que se divide el Museo.

La Sección histórica contiene objetos de los indios de Cuba, de la época colonial hasta el cese de la dominación española, de la guerra hispanoamericana, reliquias de las guerras por la independencia de Cuba, y de los patriotas Narciso López, Carlos Manuel de Céspedes, Pedro de Céspedes, los hermanos Agüero, “Perucho" Figueredo, Rafael de Quesada, Ignacio Agramonte, Francisco Vicente Aguilera, Grave de Peralta, Bembeta, Calixto García, Estrada Palma, los Maceo, Cisneros Betancourt, Martí, Máximo Gómez, “Mayía" Rodríguez, Ríus Rivera, Aranguren, Adolfo Castillo, Juan Bruno Zayas, Quintín Banderas, Panchito Gómez Toro, Gonzalo de Quesada, Serafín Sánchez, Pedro Díaz, Julio y Manuel Sanguily, etc., etc.
Recuerdos de los poetas, músicos, escritores y hombres de ciencia más notables de Cuba, entre ellos Zenea, Heredia, Milanés, Plácido, la Avellaneda, Luaces, Casal, Villate, Espadero, White, Peyrellade, Marín Varona, La Rosa, Brindis de Sala, Cirilo Villaverde, Cortina, Gálvez, Pozos Dulces, Saco, Albear, Finlay, Poey, Gutiérrez, Armas, Chaple, etc.

En Sección de Bellas Artes admiramos cuadros notables de las Es­cuelas Bizantina, Florentina, Véneta, Sienesa, Flamenca, Española, etc. Entre estos cuadros sobresalen “Madonna e Bambino", de El Bronzino; “Moisés salvado de las aguas", de Leandro Basanno; Boceto de Cúpula, de Antonio Balestra; “La Presentación al Templo", de Sebastiano Rici; “Arquitectura y Paisaje", de Salvator Rosa; “José y Faraón", de Mattia Preti; “San Girolamo”, de Mazzimo Satanzini; “Abraham visitado por los Angeles", de Lúea Giordano; “El triunfo de David”, de Barbieri; “La invención de la Cruz", de Sebastiano Conca; “San Cristóbal”, de Pablo Verones; “Suicidio de Lucrecia Romana", de Tintoretto; “La Virgen y el Niño dormido”, de Guido Reni; “Apolo y Marcia”, de Correggio; “El Rey David", de Gaspar Crayer; “San Sebastián", de Ribera El Españo- leto; “San Bruno asceta", de Zurbarán; “La Sagrada Familia", de Memling, etc. etc.

También tiene importantes cuadros contemporáneos de distintas es­cuelas extranjeras, entre ellos “La Semana Santa en Madrid", de Fran­cisco Pradilla; “En la Playa de Valencia”, de Cecilio Pía; “El Niño de la sandía", de Sorolla; “Mi prima Esperanza", de Zuloaga; “Paisaje de Antequera", de Zuloaga; “Calle de Peñíscola”, de Luis Graner; “Cabeza de Apóstol”, de Morelli, y muchos más, todos notables y de ilustres maestros.

Posee también notable colección de cuadros de pintores cubanos de la época colonial y de extranjeros que han vivido en esa época en Cuba. De los pintores nacionales contemporáneos existe una colección nutri­dísima.

El Museo tiene asimismo valiosas esculturas extranjeras y de algunos maestros cubanos. También debe señalarse su colección de piezas de cerámica, de las más célebres fábricas del mundo.

Finalmente, colecciones de cristales, de metales, joyas, de abanicos, miniaturas, muebles, que instaladas con amplitud, en el futuro Museo, darán al mismo el interés de las artes suntuarias.

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