Preserving cuba´s memory

viernes, 24 de febrero de 2017

Cuando ladran los perros - Cuento

“A menudo los perros, esta raza cariñosa habituada a vivir en nuestras moradas sacuden el sueño ligero que cubre sus ojos, y se levantan bruscamente de la tierra donde están dormidos, como si vieran el rastro desconocido de un extranjero.”
Lucrecio.

La nochebuena del 24 de diciembre de 194…, los pocos vecinos de Arroyo Blanco, reunidos con sus familiares, a una hora en que ya no hay que comer nada que beber, y ni siquiera nada que hablar, después de haberlo hecho todo, tal vez en exceso, oyeron los perros ladrar. En cada casa alguien comentó, no sin una cierta esperanza de que algo nuevo viniera a reanimar la velada languideciente: “Es Paco que regresa de casa de la novia”; o bien: “Debe ser alguien ajumao que pasa dando tumbos por el camino real...” No faltó quien improvisara el chistecito de rigor: “Los pobres ladran pa no aburrirse”. En fin, toda una larga serie de simples, torpes conjeturas, por otra parte cotidianas. Sólo una persona sabía, o por lo menos lo suponía así, que el causante de aquellos ladridos no era nadie que regresaba, ningún borracho tambaleándose sobre los terrones durísimos del camino, sino un hombre que se quedaba, y que se quedaba para siempre. Juan Chacón estaba silencioso, viendo las moscas posadas sobre unos desperdicios de lechón asado que yacían sobre la mesa sin mantel. Aquel espectáculo no le atraía, tampoco le molestaba: él estaba lejos, lejos de las moscas, lejos de los perros y sus ladridos, lejos del crimen, sonriendo suavemente, de espaldas a la lámpara como quien recuerda de pronto un momento muy amado.

La historia es difícil de contar. Yo estaba allí, es cierto,  fui el primero en ver el cadáver, con el cuchillo enterrado hasta el cabo de majaguas en medio del pecho. Soy sobrino de la “víctima”, he oído los testimonios de toda la vecindad y hasta conocía, con bastante presión, algunos particulares del asunto; y sin embargo, ¡cuántos detalles faltan, cuantos cabos sueltos aún, y quién sabe si  pasará siempre! Pero, en fin, como a pesar de todas las oscuridades la historia tiene sus puntos de interés, he aquí todo cuanto puedo decir, todo cuanto recuerdo:

Juan Chacón era un hombre de muchos amigos, afable, conversador, servicial... Todos los que cortaban cañas en su colonia tenían algún favor que agradecerle. Es cierto que él siempre se las arreglaba para pagar menos de lo que marcaba la tarifa, o aún para no pagar; pero para eso estaba su sonrisa, sus grandes dientes de oro brillando a la sombra del ala de su panamá, y su labia, su labia que tenía la misteriosa virtud de convencer a cualquiera no importa en cuáles circunstancias. Todos le estaban agradecidos a pesar de todo. Uno porque Chacón le había mandado un médico el día que hizo falta; otro porque varias veces había podido arreglar una serie de papeles de nacimiento, matrimonio, etc, en solo unas horas, por intermedio de su muy influyente colono; otros en fin, por no haber tenido que pagar nada cuando fueron a sacarse una muela, o, muy a menudo, por haber recibido una coronita de flores amarillas cuando el fallecimiento de uno de sus pequeños hijos, etc., etc. Había en cambio un hombre que debía agradecerle a Chacón lo que nadie más podía agradecerle: innumerables préstamos de dinero. Pero ese hombre era “un mal agradecido’’: mi tío Nacho, único en la colonia que se había leído una docena de libros (completos, además) y que por lo mismo tenía más de una idea un poco rara. Yo, personalmente, opino que aquella “preferencia” de Juan Chacón por mi tío y la falta de agradecimiento de éste tenían su origen en alguna cuestión de mujeres; pero no tengo ni la más mínima prueba, de ello, y además, no es este el asunto. Lo cierto es que una tarde, después de haber terminado la jornada en el corte, el tío Nacho se tomó unos cuantos tragos de aguardiente y luego andaba hablándole a todo el mundo por allí de huelga, de no sé qué derechos, de emancipación, etc. Debo aclarar que él era un hombre bastante endeble, muy corto en el trabajo, y que más de una vez había expresado coléricamente sus deseos de dejar “esos trabajos embrutecedores y asquerosos” (se refería también al tabaco y a otras “peguitas” del tiempo muerto) y meterse a echador de cartas, a curandero o algo por el estilo.

Llegó un día en que, naturalmente, Juan Chacón no pudo soportar más las rebeldías de Nacho, y lo botó de la colonia. Mi tío fue a buscar a la rural, pero no le hicieron caso. Luego apeló al sindicato de macheteros, pero no fue antes de largos, largos meses, que se hicieron las primeras gestiones, hasta que al fin, un día, con no sé qué cambio de ministros, vino la orden de que había que darle trabajo de nuevo. Juan Chacón no pudo decir una sola palabra. Mi tío, que ya andaba por la “media rueda” se casó en esos días con Eulalia que no tenía más que diecisiete. Desde entonces ha llovido mucho. Yo creo que mi tío ya se había olvidado de su incidente con Juan Chacón, cuando aquella otra noche los perros... Bueno, esa noche los perros siguieron ladrando hasta por la madrugada. Apenas había salido el sol Eulalia llegó a nuestra casa, muy agitada, diciéndonos: “Ayer noche, después que regresamos de casa de ustedes, y cuando ya estábamos acostados, Nacho salió a orinar como es su costumbre, bajo la guasimita del patio, y hasta ahora no ha vuelto… ¿Pero han oído los perros, cómo han ladrado, han oído! Yo quería salir a buscarlo pero daba miedo: la Luna estaba redonda rosaúca, los puercos gruñían en el chiquero. Me puse a gritar, hasta que llegaron los Suárez y me calmaron, diciéndome: “duerme tranquila; ese lo que está es borracho; tú no lo conoces todavía: cada vez que se ajuma coge el trillo rumbo a la casa de sus parientes. ¿Conque aquí no ha venido?”.

A las ocho de la mañana ya el rumor andaba de puerta en puerta: “Nacho Reyes apareció debajo el ateje con una puñalá en la espalda”. Pero, ¿Quién fue el primero en propagar esa noticia? Debajo del ateje lo que había eran las porquerías de siempre, las tusas, las hormigas. Y de mi tío Nacho ni la sombra.

No fue sino al día siguiente que bajo el célebre ateje descubrimos el cadáver… de Juan Chacón. Por la noche los perros no habían ladrado, como si los ladridos de la noche anterior hubieran sido el anunció de todo. No quiero ni acordarme. A Eulalia, que se está llenando de arrugas a pesar de sus veintitantos años, le da un ataque de nervios cada vez que oye hablar de aquello… A pesar de todas las investigaciones no se ha podido sacar nada en claro. Algunos opinan que mi tío Nacho tenía un jeep esperándolo después del asesinato de Juan Chacón y se rumora que ahora vive en Nueva York y que ha ganado muchísima plata: pero ese rumor, como todos los que pare la imaginación de Arroyo Blanco, no tiene fundamento.

Fernando Gómez Quesada.



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